Relatos, Sin categoría

«Terapia con parejas no normativas»

Este artículo resume partes del TFM en Salud Sexual y Sexología Clínica «Terapia con parejas no normativas», en el que se exploró la situación actual de la terapia de pareja con personas pertenecientes a colectivos o minorías disidentes de la norma; para ello, se encuestó a terapeutas de una consulta privada sobre sus actitudes para detectar posibles prejuicios y percepciones erróneas, y posteriormente se les ofreció información adecuada y pautas de buenas prácticas. En este caso, recogemos la parte que se refiere al colectivo LGBTIQ+.

Tal y como mencionan Shabaz y Chirinos (2016), la terapia sexual se ha centrado tradicionalmente en parejas casadas con problemas de deseo, excitación y orgasmo, cuando la realidad resulta mucho más amplia. La diversidad de parejas es una realidad creciente que ha de ser atendida en terapia y es por ello necesario no realizar una mera trasposición de la terapia focalizada en la pareja tradicional a cualquier tipo de pareja, sino conocer todas las realidades y atender a las necesidades particulares de cada persona y cada relación. Según Rodríguez, Carrera, Lameiras y Rodríguez (2015), la mayoría de los recursos y servicios existentes son específicos para la población heterosexual, lo cual se suma al desconocimiento de muchos profesionales acerca de otras realidades. Además, los conocimientos que poseemos suelen estar basados en concepciones románticas del amor, por lo que se tiende a asumir la monogamia obligatoria (Conley, Moors, Matsick y Ziegler, 2013). Las nuevas familias y parejas cuestionan nuestra idea tradicional de relación, por lo que han de ser tenidas en cuenta por parte de los equipos y profesionales (Andrade y Uribe, 2015).

Desafortunadamente, muchas personas y parejas que son disidentes con respecto a la norma se ven etiquetadas en categorías innecesariamente patologizantes. […] Factores como el miedo al rechazo, al tratamiento inadecuado o a la negación de servicios son los que hacen que poblaciones como las personas trans recurran en muchas ocasiones a servicios clandestinos, automedicación o a mantenerse al margen de los servicios de salud (Organización Panamericana de la Salud, 2012). La frecuente falta de sensibilidad por parte de los profesionales entra en contradicción con los derechos expresados en la Declaración de los Derechos Sexuales de 1999 y en su posterior actualización en la versión de 2014.

Tal y como señalan Panchakis y Goldfried (2004), la mayoría de los programas de formación cuentan con contenidos insuficientes sobre la atención a estos colectivos. Adoptar un modelo de atención centrado en la perspectiva de derechos y en las necesidades particulares de cada persona pasa por abandonar actitudes como la de asumir ciertas identidades o preferencias como patológicas, o presuponer la heterosexualidad obligatoria (Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, 2015).

Algunos de los resultados del cuestionario previo

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Los errores más habituales por parte de profesionales

  • Adoptar actitudes heterocéntricas y LGTBI-fóbicas
  • Asumir que condiciones como la intersexualidad son invariablemente patológicas
  • Dar por hecho que todas las personas trans desean modificar su cuerpo
  • Confundir la asexualidad con una disfunción del deseo sexual
  • Dar por hecho que en todas las parejas se han de cumplir roles de género tradicionales (como en la pregunta sobre relaciones lésbicas),
  • Pensar que las personas son homosexuales o heterosexuales según la pareja que tengan (excluyendo la bisexualidad)
  • Patologizar la promiscuidad y asociarla inevitablemente a la plurisexualidad

Las verdaderas demandas del colectivo en consulta

  • Homofobia o transfobia interiorizada
  • Sufrimiento por discriminación con riesgo incrementado de aislamiento social y suicidio
  • Problemas de pareja por dificultades para “salir del armario”
  • Ausencia de modelos de pareja que les permitan funcionar
  • Problemas legales (por ejemplo, la maternidad en relaciones entre mujeres)
  • Conflictos con valores culturales o religiosos
  • Rechazo familiar
  • Violencia en la pareja (con especial énfasis en el riesgo para las personas trans)
  • La “fusión lésbica”
  • La interseccionalidad con otros factores como la edad o la diversidad funcional

Buenas prácticas a implementar

  • No asumir que los problemas se deben necesariamente a su condición sexual o de identidad (es decir, acompañar en lugar de patologizar)
  • No cuestionar ni tratar de cambiar identidades u orientaciones
  • Preguntar de manera respetuosa en lugar de dar las cosas por hecho (por ejemplo. nombres y pronombres)
  • Identificar las propias actitudes fóbicas para supervisar o derivar los casos
  • Fomentar las redes de apoyo y los recursos disponibles
  • Desculpabilizar
  • Enfatizar las actitudes del terapeuta indicadas por Carl Rogers: escucha activa, aceptación incondicional y autenticidad
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La formación en buenas prácticas a profesionales de una consulta privada.

Algunas conclusiones

Las personas asistentes refirieron, por lo general, un feedback positivo. Se observó el cambio de algunas de las actitudes en momentos en los que se expusieron, por parte de algunas de las asistentes, situaciones vividas tanto en consulta como en su entorno personal (por ejemplo, con pacientes trans o parejas abiertas). También algunas de las personas presentes mencionaron anécdotas de su vida diaria en las que se habían dado cuenta de cómo influía el lenguaje que utilizaban (incluso pese a ser conscientes de la necesidad de tener una actitud inclusiva).

Por otra parte, sin embargo, al debatir algunos aspectos de la formación quedó patente que algunos de los aspectos que no pudieron ser incluidos en la formación por cuestión de tiempo seguían siendo fuente de prejuicios para algunos de los terapeutas. Un ejemplo de esto es la “pluma” de algunas personas, que dos de los terapeutas criticaban como un signo de “llamada de atención” cuando la expresión libre de la propia sexualidad e identidad es un aspecto que queda recogido en la mencionada Declaración de Derechos Sexuales.

Otra de las dificultades que se observó fue la de plantear algunos de los datos existentes sin contribuir a alimentar mitos existentes: por ejemplo, al encontrar en la literatura el dato de que la promiscuidad emocional y sexual era más predominante en la población bisexual, hubo que presentar la información con especial cuidado para no fomentar la idea preconcebida de que las personas bisexuales son infieles o “viciosas”; para ello fue necesario tanto despatologizar previamente la idea de la promiscuidad (dado que su estigma procede de juicios morales) así como valorar cómo se percibe la promiscuidad en relación al género.

Esto ha servido, por una parte, para confirmar una de las justificaciones para la realización del trabajo. Por otra parte, ha servido como aliciente para considerar la posibilidad (la importancia, incluso) de incluir contenidos como estos en las formaciones generales para profesionales de la terapia de pareja y/o la Sexología. En algunas ocasiones se hacen menciones breves a estos contenidos, pero esa perspectiva podría favorecer una actitud de minorización. Por el contrario, si se integra la diversidad de manera transversal en todos los contenidos sería posible acercarse a una manera de ver y practicar la terapia más inclusiva y efectiva con todo tipo de personas y parejas.

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