Introyección y discriminaciones (III):la construcción “cinetífica” de las discriminaciones

Mario Gatti es uno de nuestros voluntarios y también es terapeuta de la Gestalt. Comparte con vosotros este artículo que publicó en la Revista de Terapia Gestalt de España. En él, recorre la articulación transversal de estas discriminaciones a lo largo de la historia. Os lo presentamos resumido y por partes. ¡Esperamos que aprendáis tanto como nosotros!

Creo que racismo, machismo y homofobia están conectados entre sí no sólo por su común naturaleza discriminatoria, sino también por converger en la jerarquización social del varón, blanco, y heterosexual.

El mundo de la construcción “científica” de las discriminaciones

La concepción religiosa del mundo fue cambiando a partir del Renacimiento, dando más espacio a la razón. Sin embargo, si el dogma católico fue cuestionado por la Reforma, si poco a poco la razón fue ganando terreno frente al dogma, sería ingenuo creer que el “pensamiento científico” emergente no tuviera en cuenta en absoluto las ideas de la sociedad que lo vio nacer. Por eso, la relación de fuerzas que perjudicaba a la mujer y a los no blancos se mantuvo, y sus efectos se multiplicaron por las exigencias de la colonización del mundo que emprendió Europa, como veremos a continuación.

La represión de la sodomía vigente desde el siglo XIII cambió porque el concepto de sodomía que hasta entonces involucraba a todo el sexo no procreativo, se fue restringiendo al coito anal, con independencia del sexo de los intervinientes. Sin embargo, todavía no existía la idea de que había un tipo de personas asociadas a esta práctica, sino que la sodomía era vista como una tentación para cualquiera.

La construcción “científica” de la mujer como inferior al hombre.

La medicina antigua postulaba que las personas teníamos un sólo sexo, y que la diferencia radicaba en la disposición de las partes. Así lo fijó Galeno en el s. II DC. Las mujeres, por tener menos calor vital, tenían dentro del cuerpo, lo que los hombres tenían fuera, por ejemplo, la vagina era un pene interior, el útero equivalía al escroto, etc.  Asimismo, se creía que el goce femenino era indispensable para que se produjera la fecundación. Esta visión siguió vigente hasta el siglo XVII.

Esta igualdad de los órganos no impidió la desigualdad de derechos, etc. dado que una similar anatomía, se acompañó de una diferente fisiología. Se postuló que las mujeres tenían un temperamento más frío que los varones y por eso quedaron asociadas a seres inacabados e impotentes.

Desde fines del medioevo, lo que en la Antigüedad se había atribuido al útero, pasó a ser atribuido al demonio, pues al creer que las mujeres eran más vulnerables –como Eva-, las tuvieron por objetivo privilegiado de las fuerzas ocultas. La represión de las mujeres se ejerció mediante la caza de brujas, ejecutándolas por miles tras juicios inquisitoriales entre 1324 y 1787, fechas de la primera y última ejecución, respectivamente[ii]. Federici[iii] señala que el sometimiento creciente de las mujeres está en relación directa con las necesidades de repoblación europea para compensar los efectos de la peste negra y de la emigración a las colonias. En Francia e Inglaterra se estableció la obligatoriedad de declarar los embarazos, y en general, los estados europeos quebraron el monopolio del conocimiento que tenían las mujeres sobre la anticoncepción y los alumbramientos, llevando ese conocimiento a los médicos.

El siglo XVIII fue el del fin del Antiguo Régimen en Francia, donde la burguesía remplazó a la nobleza en el ejercicio del poder político. Inglaterra ya se regía entonces por una monarquía parlamentaria pues tras ejecutar a su rey en 1649, la restauración de la monarquía se realizó con ciertas condiciones. En ninguno de los dos estados esto se tradujo en sufragio universal. Aunque el derecho al voto de los hombres se fue ampliando a lo largo del siglo XIX, las mujeres quedaron excluidas, y sólo pudieron votar en Europa a partir del siglo XX[iv].

Una de las credenciales burguesas fue la supuesta moral de sus miembros, en oposición a la corrupción de las costumbres atribuida a los aristócratas en el poder con el Antiguo Régimen. En los hechos, el tránsito se acompañó de la sustitución de la religión por la medicina como guía de conducta. Para ello creó un nuevo saber, la sexualidad, al que se supuso conducido por la razón, y que vino a fundamentar la “moral victoriana” a la que me referiré luego. Foucault, denominó a esta construcción el “régimen de sexualidad” [v], del que me interesa destacar que era un sistema binario, con dos sexos diferentes y complementarios, no se podía pertenecer a los dos o a ninguno de ellos. En esta teoría, el sexo determinaba lo que hoy llamamos género, es decir, lo biológico era causa de lo cultural. Uno de sus corolarios fue destinar las mujeres a la reproducción, y reservar a los hombres para la producción.

Debemos tener presente que en 1859 Darwin publicó “El origen de las especies”, lo que influyó en la necesidad de diferenciar la conducta de los burgueses de la de los primates. La consagración del mito del amor romántico se afianza en ese contexto, hay una mujer ideal para cada hombre, y en aras de ese amor, todo debe soportarse, etc. Aun estamos recogiendo frutos de esta idea en la violencia de género. Debajo del modelo ideal, las sexualidades de los inferiorizados fueron tenidas por menos evolucionadas o por degeneradas.

Ya en tiempos de la caza de brujas, algunos médicos “asesoraron” a las autoridades religiosas para distinguir los síntomas de las auténticas dolencias, de los de la “posesión diabólica”. Desde entonces se fue estableciendo el corpus de las enfermedades propias de las mujeres, con la histeria como el principal de sus males. Sin embargo, la realidad mostraba que también había mujeres voluptuosas, lo que cuestionaba la supuesta “frialdad” que se atribuía a todo el género. La “solución” fue atribuir a ese calor la razón principal de su supuesta esterilidad, dado que secaría el esperma. Eso las dejaba fuera de la feminidad. Pero muy aptas para la prostitución: la disociación entre Eva y María reaparecía de este modo. Así, el temperamento trazó una frontera entre sexualidad reproductiva y no reproductiva.

En el s. XVIII, los médicos describieron una nueva enfermedad femenina, la ninfomanía o furor uterino o histeria libidinosa: decían que estas mujeres dejaban a sus maridos para irse con sus amantes, y tenían un temperamento muy cálido, como el de las negras, ya que este mal predominaba en los países de clima cálido, como narraron Herodoto y Estrabón en la Antigüedad, y León el Africano en el s. XVI. Éste lo atribuía a un clítoris muy desarrollado, por eso decía que era frecuente su escisión en aquellos países.

Los médicos no se pusieron de acuerdo en si la masturbación era causa o efecto de la ninfomanía, pero destacaron en las ninfómanas su sexualidad e inmoralidad.  Cuando describen a las mujeres de los países cálidos, con ojos oscuros, senos firmes y bien proporcionados, anchas caderas, etc., muestran el contramodelo de la mujer emergente europea: vaporosa y encorsetada, que esconde su silueta y evita el sol dada su fragilidad.

La medicina consiguió que la sexualidad femenina fuera vista de tal manera, que lo que era natural en África, fuera enfermizo en Europa. Lo logró atribuyendo la hipertrofia del clítoris a prácticas licenciosas o a afecciones mórbidas en Europa, en tanto que la consideró una especificidad antropológica de las africanas. La mayoría de los médicos del s. XVIII atribuyeron al placer que da la masturbación femenina, el poder de hacer crecer el clítoris, que además tenía el peligro de alejar a las mujeres del embarazo[vi].

A estos cambios debemos agregar la creciente diferenciación sexual, observable en el vocabulario -testículo se usó desde entonces sólo para las gónadas masculinas-, y en el descubrimiento de que las mujeres no necesitaban del placer sexual para procrear: en 1770 una perra fue “inseminada” con una jeringa, y en 1820 se abandonaron las ideas jurídicas que decían que si tras una violación la mujer quedaba embarazada era porque había consentido.

Con estos materiales se construyó la moral victoriana, que refleja el dominio que los hombres europeos tenían del poder político. Muchembled[vii] señala que los médicos preconizaban la moderación en las relaciones conyugales, que debían interrumpirse durante la lactancia y las menstruaciones. El Dr. Acton asegura que la buena esposa “se somete a los abrazos de su marido, pero principalmente para gratificarlo, y de no ser por el deseo de ser madres preferirían, con mucho, verse libres de sus atenciones”. Esto es debido a que “la mayoría de las mujeres (para fortuna de la sociedad) no están demasiado preocupadas por sentimientos sexuales de ninguna clase”[viii], ya que “el amor a la casa, los niños y los deberes domésticos son las únicas pasiones que ellas sienten”, por eso lo ideal es que conciban cada dos años.

Es decir que la sexualidad es totalmente diferente para hombres y mujeres. Para la mujer, el coito se realizaría dentro del matrimonio, sin excluir la posibilidad de procrear, con el hombre sobre la mujer situados de frente. Junto con ese ideal, se reconocía que las necesidades del hombre eran mayores y se contemplaba su posibilidad de acceso a encuentros extramaritales. Por supuesto, las esposas no tenían ningún derecho al goce sexual fuera del matrimonio. La legislación inglesa de 1857 estableció que la infidelidad de la mujer era causa de separación, en cambio, la del esposo, sólo si se acompañaba de otro delito o de incesto.

La “Psicopatía sexual” de Krafft-Ebing (1886) afirmaba que el hombre podía encontrar satisfacción por doquier, mientras que la mujer estaba ligada a un solo hombre[ix]. La sexología de entonces separaba para el hombre la procreación del placer, en tanto que en las mujeres diferenciaba a la esposa virtuosa de la prostituta libidinosa. Esta obra exponía más de 200 casos ilustrando la patología sexual de los protagonistas. Las primeras ediciones usaban el latín para describir las prácticas y el libro sólo podía ser vendido a médicos y jueces. Incluía desde las historias de Jack el destripador hasta los más variados fetichismos, como el sentido por los guantes de niño o los pañuelos de puntillas. Di Segni[x] explica como este autor describe el “verdadero amor”, basado en el conocimiento de las cualidades morales de la persona amada, que además del goce, se prepara para soportar sufrimientos y sacrificios por el ser amado. Esto incluye el deseo sexual dirigido a una sola persona de otro sexo, capaz de mantener relaciones sexuales. “Otro criterio del amor verdadero es éste: el acto sexual debe procurar absolutamente una satisfacción moral”[xi]. Krafft-Ebing justificaba la pena diferencial al adulterio femenino porque ponía en juego el honor de la familia, el del jefe de familia y la propia paternidad.

Otro aspecto de la moral victoriana fue la lucha contra la masturbación, que no parece tener límites entre las clases acomodadas, ya que los médicos advertían hasta fines del siglo XIX de que podía llevar a demencia e incluso a la homosexualidad. Propusieron atar las manos del paciente a los barrotes de la cama durante la noche, hay aparatos que aprisionan a los genitales para impedir apoyar la mano sobre ellos, también se preconizaron vendas, cinturones y calzones, guantes de metal con espinas en la cara interna, e incluso hay testimonios de un médico: “durante un año entero, a pesar de las súplicas de un joven enfermo, he mantenido en el canal de la uretra, mediante cauterizaciones repetidas, una irritación bastante dolorosa para que cualquier contacto resulte imposible[xii].

El pudor era vital, a una mujer virtuosa le repugnaría desnudarse frente a su marido, hablar de sexo era un signo de mala educación, el beso en la boca, un escándalo. El sexo era tabú, y frente a tantas tensiones, las principales vías de liberación pasaban por la pornografía -para pocos-, y el recurso a las prostitutas y las amantes. La represión global ayudó a la progresión de la flagelación, el sadismo, el masoquismo y otras alternativas.

Luego veremos el rol de la homosexualidad en este conjunto, pero adelantamos que la falta de energía sexual que se atribuyó a las mujeres contribuyó a la ignorancia sobre el lesbianismo. Ocurre que por un lado, las mujeres europeas fueron excluidas de la esfera de la sexualidad: su deseo y placer quedaron ligados a la pasividad, su cuerpo no tenía potencia. Por ello, las ninfómanas no fueron un problema moral, sino médico, e incluso quirúrgico, cuando se preconizaba la ablación de los labios -sea por infección o por su tamaño desmesurado-, o incluso de ambos ovarios. Y, por otro lado, las africanas vieron como se les atribuyeron unas especificidades anatómicas, de temperamento y de moral, primero como algo patológico, y luego como algo característico de lo que llamarán “raza”. Se produjo una bestialización progresiva de las mujeres negras y una deserotización del cuerpo negro.

Junto a la subordinación de la mujer, se elaboró un concepto de salud femenino, centrado en la maternidad. El cambio fue profundo porque todavía en el s. XVII, el embarazo era definido como una de las enfermedades más peligrosas, incluso hay quien consideraba que las mujeres estériles eran más alegres y quedaban jóvenes más tiempo[xiii]. Lo cierto es que desde mediados del siglo XVIII la literatura incluyó cursos de parto y se vio a éste y al embarazo como signos de salud, no ya como causa de enfermedades. En paralelo, se produjo un remplazo paulatino de las matronas por los médicos en la asistencia al parto, estos preconizaron la lactancia materna en contra de la costumbre de encargarla a una nodriza, atribuyendo a la leche el poder de transmitir el temperamento y caracteres hereditarios.

No fueron sólo la medicina y el derecho los que diferenciaron a la mujer del hombre para ubicarla en una posición inferior, veamos algunos aportes desde la antropología física. En ella descolló Paul Broca (1824-1880) profesor en la facultad de Medicina de París, midiendo cráneos y estableciendo comparaciones entre cerebros de hombres y mujeres que le permitieron afirmar que el tamaño del cerebro del hombre era mayor que el de la mujer, y que esa diferencia se acrecentaba en la evolución de la especie. Lo que no hizo fue medir el efecto del tamaño porque ya tenía su conclusión: “las mujeres [son], en promedio, un poquito más tontas que los hombres, diferencia que no hay que exagerar pero que de todas maneras es real[xiv].” Después, su discípulo Gustavo Le Bon escribió: “Todos los psicólogos que han estudiado la inteligencia de las mujeres (…) reconocen que ellas representan las formas más inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado. (…) El día en que, sin comprender las ocupaciones inferiores que la naturaleza les ha asignado, las mujeres abandonen el hogar y tomen parte en nuestras batallas; ese día se pondrá en marcha una revolución social y todo lo que sustenta los sagrados lazos de la familia desaparecerá[xv]. G. Herve, llegó en 1881 a esta conclusión: “Los varones de raza negra tienen un cerebro un poco más pesado que el de las mujeres blancas[xvi] Luego veremos como se justificó el racismo propiamente dicho en el siglo XIX, pero cabe señalar el modo en que esta visión de la mujer estuvo al servicio del hombre, encuadrado en la “moral victoriana” que encontró Freud en su tiempo[xvii].

[ii] Holland, Jack: “Una breve historia de la misoginia”. México. Océano. 2010. Pág. 102-114.

[iii] Federici, Sivia: “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”. Madrid. Traficantes de sueños, 2014. Capítulo 2.

[iv] El primer estado que concedió el sufragio femenino fue Wyoming en 1869. Nueva Zelanda lo hizo en 1893, Dinamarca en 1915. Rusia, en 1917. El Reino Unido dio el voto a las mayores de 30 años en 1918, bajando la edad a 21 años en 1928. Zuiza en 1971. Véase Holland, Jack: Ob. Cit. Págs. 165 y 171.

[v] Sobre el surgimiento de la ciencia sexual en Occidente, véase Michel Foucault: “Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber”. México. Siglo XXI. 1977.

[vi] Dorlin, Elsa: “La matrice de la race. Généalogie sexuelle et coloniale de la Nation française”. Paris´La Découverte. 2009. Véanse página 77 y subsiguientes.

[vii] Muchembled, Robert: “El orgasmo y Occidente. Una historia del placer desde el siglo XVI a nuestros días”. Buenos Aires. FCE. 2008. Páginas 240 y subsiguientes.

[viii] Holland, Jack: Ob. Cit. Página 155.

[ix] Citado por Muchembled, Robert: Ob. Cit. Página 251.

[x] Di Segni, Silvia: “Sexualidades”. Buenos Aires. FCE. 2013. Páginas72 y ss.

[xi] Krafft-Ebing, Richard: “Psychopathia sexualis” edición de 1895, página 19, citado por Di Segni. Ob. Cit. Pág.75.

[xii] Stengers, Jean, y Anne van Neck: “Histoire d’une grande peur, la masturbation”, citado por Muchembled, Robert: Ob. Cit. Pág. 264.

[xiii] Elsa Dorlin, Ob. cit. Página 111.

[xiv] Citado por Jurgen Kriz “Corrientes fundamentales en psicoterapia”. Buenos Aires. Amorrortu. 2001. Página 24. Véase también en Gould S. J.: “El cerebro de las mujeres”, una crítica de los trabajos de Broca http://www.unsam.edu.ar/escuelas/ciencia/docs/Gould%20El%20cerebro%20de%20las%20mujeres.pdf

[xv] Gould, S. J.: Ob. Cit. Véase también Kriz, J.: Ob. Cit. Páginas 24-25.

[xvi] Idem.

[xvii] “Feminismos: debates teóricos contemporáneos”, de Elena Beltrán, Virginia Maquieira (eds.). Madrid, Alianza, 2005, ofrece una muy buena síntesis de las resistencias a la discriminación de las mujeres.

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