VIHda

Tania Criado

Había calculado con tremendo margen de error el tiempo que necesito para llegar al hospital desde mi nuevo y —ansío esta vez— duradero trabajo, adelantándome en casi dos horas a la cita para la consulta y decidiendo esperar a Lucía tomando un café. Lucía siempre me acompaña a mis revisiones. De pequeño desarrollé un problemático mecanismo de defensa que hace que deje de prestar atención cuando un médico me explica qué me pasa. Aunque nuestro motivo realmente es que buscamos estar siempre juntos.

La reconocí de inmediato o, siendo preciso, reconocí el rostro más triste y ausente que mis ojos hayan captado. Estaba sola en una mesa, como sola estaba en las tres ocasiones que nos cruzamos con ella en la puerta del la Unidad. No me gusta importunar y menos en la cafetería de un hospital, pero la percibía tan desolada que mi instinto de protección me hizo reaccionar en contra de mi prudencia y de formalismos sociales. Aprovechando la ausencia de mesas libres me acerqué a la que ocupaba, preguntándole si podía sentarme. Me respondió con un leve asentimiento de cabeza tras intentar y no conseguir mirarme. Permanecimos un buen rato en absoluto silencio. Sus párpados caídos me permitieron observarla libre de disimulos y notar que en cada segundo transcurrido arrugaba más y más el ceño, contrayendo su rostro en una mueca de irremediable fatalismo y escondiéndose entre un complicado laberinto de brazos y piernas. Saqué dos caramelos de la mochila y le ofrecí uno que rechazó con mudos gestos y prácticamente sin mirarme. No importaba, pues mi propósito no era endulzarle la boca, sino entablar contacto. Volví a abrir la mochila y extraje mi portátil. Lo encendí, busqué un archivo y fijé mi atención en la pantalla como parte de mi estrategia de acercamiento. Pasados unos minutos considerablemente razonables alcé la vista y le solté a bocajarro, para pillarla por sorpresa y evitar que me mandara a hacer puñetas, «Soy fotógrafo y me harías un gran favor si me dieses tu opinión sobre una composición que me trae de cabeza». Objetivo alcanzado: atónita consintió y yo le pasé mi portátil, obligándola a desenmarañar sus rígidas extremidades. Permanecí callado hasta que me lo devolvió con un tímido «es bonito». Perfecto, el hielo estaba roto y ahora tocaban las presentaciones para dar paso a lo bien que había quedado la cafetería después de la reforma que tanta falta le hacía. Ante este último comentario su cuerpo se relajó bruscamente y rompió a llorar. Volví a abrir mi mochila y cogí un pañuelo de papel que le tendí y aceptó entre convulsiones, hipos y unas pupilas cargadas de más dolor que de lágrimas. Era la primera vez que yendo a una de sus revisiones alguien, al margen de la plantilla del centro, hablaba con Laura.

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Tras calmarse y beber el vaso de agua que fui a buscar me contó que la mujer de sus sueños, a la cual ama con todo su corazón y con la que anhelaba casarse y tener muchos mocosos, contrajo el virus de la inmunodeficiencia humana en una relación que mantuvo en un tiempo que estuvieron separadas, transmitiéndoselo al ignorar ser portadora cuando retomaron su vida en común. Y por mucho que Laura insistiera en no arrojar reproche alguno su gran amor fue incapaz de aplacar el sentimiento de culpabilidad que albergaba en su interior, rompiendo definitivamente con ella y sus sueños. Destrozada buscó consuelo en sus padres y hermanos, anunciando el abandono y revelando su diagnóstico. Sólo la madre, visitándola a escondidas sin apenas tocarla por miedo a que la ‘contagie’, mantiene trato con Laura. El resto de su familia la ha arrojado de sus vidas.

Ante estas reacciones y la convicción de no contar con fuerzas suficientes para afrontar un nuevo vacío Laura no se ha atrevido, y duda que algún día lo haga, a sincerarse y contar todo lo ocurrido a sus amigos, de los que a marchas forzadas se aleja.

Su historia provocó en mí un sentimiento dicotómico. Una mitad de mi alma sintió una gran pena por aquella mujer y la otra mitad una gran gratitud por cuantos me rodean. De mi familia y grupo de amigos nadie me ha repudiado por ser VIH+, aunque muchas collejas me han caído por inconsciente y por únicamente pensar en el embarazo al mantener relaciones sexuales, olvidándome del preservativo cuando una chica me decía que tomaba la píldora. Como tampoco Lucía cuando le declaré mi amor y confesé que tengo este virus.

En los tres años que llevamos juntos Lucía nunca ha experimentado dudas ni miedo ni lágrimas. Es la persona más valiente, sensata y libre de prejuicios que conozco. Y, por encima de todo, el ser más generoso que existe, pues conoce la realidad más dura de la enfermedad. Su hermano y el novio de éste murieron hace ya casi veinte años  víctimas del sida.

Antes de despedirnos pedí a Laura su número de móvil avisándole que desde ese instante somos amigos.

Un virus no tiene poder para arruinarnos la vida y la sociedad no tiene derecho a volvernos infelices.

Tania Criado

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