El respeto, las bofetadas y chistes de acoso

José Vela, uno de los miembros más activos del grupo de Educación, escribía hace un par de días este artículo (que reproducimos íntegro) en el diario digital BEZ al respecto de la falta de respeto, empatía y, en conjunto, ausencia de valores que, a veces, nos encontramos en las aulas:

Desde el grupo de Educación del Colectivo COGAM, entre otras actividades, formamos a las futuras y futuros dinamizadores que impartirán talleres de prevención de LGBT-fobia. Hace tiempo que nos dimos cuenta de que lo más importante, el valor fundamental en el que se fundamenta cualquier taller de prevención o de intervención, es la empatía y el respeto. Mi amigo y compañero Dani nos recordaba en una formación cómo, en muchas ocasiones, los talleres no pueden cubrir todos sus objetivos porque encontramos que nos falta la base esencial. En algunos centros la carencia trabajo en valores es preocupante. No se puede trabajar el respeto al otro, al diferente, si no se han transmitido unos mínimos valores de respeto y, sobre todo, de empatía a lo largo de la escolarización. En estas ocasiones, dedicamos el taller a explicar que las compañeras y compañeros son personas y sienten como cada uno.

¿En qué momento alguien moralmente sano puede pensar que va a tener a la opinión pública de su parte cuando le tomas al pelo a alguien, este te responde con una bofetada, le denuncias y anuncias que esperas que pierda su trabajo gracias a ésta?
Después de años impartiendo talleres adquieres la capacidad de detectar en el alumnado, en minutos, cuándo hay cohesión, respeto, y  capacidad de ponerse en el lugar del otro. Qué siente la otra persona cuando ocurre tal cosa. Este pequeño detalle es la piedra angular del éxito de toda intervención educativa. Desde eliminar el fracaso escolar hasta limpiar de racismo nuestros colegios. Todas dependen de la empatía. Tan importante es que las sucesivas leyes educativas españolas lo han ido recogido en sus articulaciones. La formación integral de la persona se debe trabajar desde primaria pues el aprendizaje en valores es fundamental. La Institución Libre de Enseñanza del año 1876 ya lo recogía.
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Contra el odio, EDUCACIÓN

 En las últimas semanas, ha llegado a los centros educativos de Madrid un documento que señala, acusa y ataca directamente a organizaciones como el Grupo de Educación de COGAM, que desde hace 18 años trabaja para prevenir el acoso escolar LGBTfóbico y la violencia de género.

 Queremos hacer constar que el Grupo de Educación de COGAM rechaza frontalmente ataques falaces y no fundamentados contra la labor educativa que realiza. En nuestras intervenciones trabajamos para construir una sociedad más justa e igualitaria, sin imponer ninguna clase de ideología, vulnerar derechos, desorientar al alumnado, adoctrinar, ni liquidar la libertad de enseñanza. Es más, consideramos muy grave el hecho de que se anime a las familias a solicitar a las Administraciones educativas que no se incluyan contenidos referentes a la diversidad familiar y afectivo sexual, que creemos imprescindibles para paliar la lacra social de la violencia de género y las agresiones por motivos de orientación sexual e identidad de género.

 Desde nuestro Grupo de Educación hemos constatado que esta visión alarmista, intolerante e irrespetuosa es claramente minoritaria, dado el elevadísimo número de institutos de Educación Secundaria y otras entidades que solicitan nuestros talleres, así como la cálida acogida que recibimos por parte de alumnado y profesorado. Nos respalda, asimismo, una legislación sensible a la evolución de la sociedad que pretende, precisamente, que no existan personas de segunda categoría en materia de derechos sociales. Si bien se están tomando las medidas legales necesarias contra esta propaganda reaccionaria, creemos conveniente evitar confrontaciones y falsos debates que den más relevancia de la merecida a esta opinión caduca y minoritaria.

 Por todos estos motivos, las personas que formamos el Grupo de Educación de COGAM seguiremos trabajando, ahora más que nunca, para lograr que la diversidad se entienda como un valor que nos enriquece y para conseguir que en nuestra sociedad todas las personas podamos desarrollarnos plenamente, sin miedos, prejuicios, exclusión o violencia de cualquier índole. Seguiremos trabajando para que, desde nuestras diferencias individuales, construyamos una sociedad que no mire a nadie con desprecio, sino que nos acoja y nos permita vivir en libertad. Os animamos a convertir la indignación en ilusión y a luchar a nuestro lado por esta causa. 

Gracias por vuestro apoyo.

VIHda

Tania Criado

Había calculado con tremendo margen de error el tiempo que necesito para llegar al hospital desde mi nuevo y —ansío esta vez— duradero trabajo, adelantándome en casi dos horas a la cita para la consulta y decidiendo esperar a Lucía tomando un café. Lucía siempre me acompaña a mis revisiones. De pequeño desarrollé un problemático mecanismo de defensa que hace que deje de prestar atención cuando un médico me explica qué me pasa. Aunque nuestro motivo realmente es que buscamos estar siempre juntos.

La reconocí de inmediato o, siendo preciso, reconocí el rostro más triste y ausente que mis ojos hayan captado. Estaba sola en una mesa, como sola estaba en las tres ocasiones que nos cruzamos con ella en la puerta del la Unidad. No me gusta importunar y menos en la cafetería de un hospital, pero la percibía tan desolada que mi instinto de protección me hizo reaccionar en contra de mi prudencia y de formalismos sociales. Aprovechando la ausencia de mesas libres me acerqué a la que ocupaba, preguntándole si podía sentarme. Me respondió con un leve asentimiento de cabeza tras intentar y no conseguir mirarme. Permanecimos un buen rato en absoluto silencio. Sus párpados caídos me permitieron observarla libre de disimulos y notar que en cada segundo transcurrido arrugaba más y más el ceño, contrayendo su rostro en una mueca de irremediable fatalismo y escondiéndose entre un complicado laberinto de brazos y piernas. Saqué dos caramelos de la mochila y le ofrecí uno que rechazó con mudos gestos y prácticamente sin mirarme. No importaba, pues mi propósito no era endulzarle la boca, sino entablar contacto. Volví a abrir la mochila y extraje mi portátil. Lo encendí, busqué un archivo y fijé mi atención en la pantalla como parte de mi estrategia de acercamiento. Pasados unos minutos considerablemente razonables alcé la vista y le solté a bocajarro, para pillarla por sorpresa y evitar que me mandara a hacer puñetas, «Soy fotógrafo y me harías un gran favor si me dieses tu opinión sobre una composición que me trae de cabeza». Objetivo alcanzado: atónita consintió y yo le pasé mi portátil, obligándola a desenmarañar sus rígidas extremidades. Permanecí callado hasta que me lo devolvió con un tímido «es bonito». Perfecto, el hielo estaba roto y ahora tocaban las presentaciones para dar paso a lo bien que había quedado la cafetería después de la reforma que tanta falta le hacía. Ante este último comentario su cuerpo se relajó bruscamente y rompió a llorar. Volví a abrir mi mochila y cogí un pañuelo de papel que le tendí y aceptó entre convulsiones, hipos y unas pupilas cargadas de más dolor que de lágrimas. Era la primera vez que yendo a una de sus revisiones alguien, al margen de la plantilla del centro, hablaba con Laura.

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